A menudo he intentado acercar la mar y la vela a diferentes amigos y conocidos, la respuesta a mi invitación ha sido en la mayoría de los casos frustrante. Frases del pelo “soy de secano”, “el mar y yo nos llevamos mal”, “soy de tierra adentro”, “seguro que me mareo”, me han dejado más que pensativo, atónito diría yo…
¿De verdad da tanto miedo embarcarse en un pequeño velero para disfrutar de la vela en una bahía? Me sorprende ese amor obsesivo por tener los pies en tierra firme. Es cierto que desde hace siglos los hombres que se embarcaban tenían cierta aura de insensatez, vaya, que se la jugaban al navegar…
¿Qué hace que ha día de hoy aún continúen sufriendo de esos irracionales miedos tantas personas? También es cierto que a los que he conseguido arrastrar a bordo han vuelto con una sonrisa en la boca, pero como he dicho, son los menos. ¿Se nos estarán olvidando las sensaciones de libertad, lo que sentimos cuando disfrutamos de la naturaleza en su máxima expresión? Sea lo que fuere es una verdadera lástima que esto ocurra, somos parte de este planeta y sus fuerzas y saber convivir y disfrutar de todo ello es fundamental. He disfrutado, y aún lo hago, de las montañas, de las profundidades submarinas, y ahora lo hago saboreando las brisas que recorren la superficie del gran azul dejándome llevar por esa fuerza invisible que se llama viento. En todos esos lugares he intentado ser parte del medio, impregnarme de las sensaciones vividas. Llegar a una cima, visitar un pecio escuchando solo mi respiración, observar a los habitantes de las profundidades, y ahora, navegar con el sonido del viento ululando en los obenques, todo ello me ha proporcionado, como dijo un buen amigo mío, “sensaciones acojonantes”.
Por todo ello creo que bien vale olvidarse de esos miedos, dar un paso adelante, confiar y disfrutar. Quien sabe, tal un día pueda disfrutar emulando a Icaro…
