domingo, 12 de abril de 2015

El miedo a lo desconocido.

         A menudo he intentado acercar la mar y la vela a diferentes amigos y conocidos, la respuesta a mi invitación ha sido en la mayoría de los casos frustrante. Frases del pelo “soy de secano”, “el mar y yo nos llevamos mal”, “soy de tierra adentro”, “seguro que me mareo”, me han dejado más que pensativo, atónito diría yo…

        ¿De verdad da tanto miedo embarcarse en un pequeño velero para disfrutar de la vela en una bahía? Me sorprende ese amor obsesivo por tener los pies en tierra firme. Es cierto que desde hace siglos los hombres que se embarcaban tenían cierta aura de insensatez, vaya, que se la jugaban al navegar…

         ¿Qué hace que ha día de hoy aún continúen sufriendo de esos irracionales miedos tantas personas? También es cierto que a los que he conseguido arrastrar a bordo han vuelto con una sonrisa en la boca, pero como he dicho, son los menos. ¿Se nos estarán olvidando las sensaciones de libertad, lo que sentimos cuando disfrutamos de la naturaleza en su máxima expresión? Sea lo que fuere es una verdadera lástima que esto ocurra, somos parte de este planeta y sus fuerzas y saber convivir y disfrutar de todo ello es fundamental. He disfrutado, y aún lo hago, de las montañas, de las profundidades submarinas, y ahora lo hago saboreando las brisas que recorren la superficie del gran azul dejándome llevar por esa fuerza invisible que se llama viento. En todos esos lugares he intentado ser parte del medio, impregnarme de las sensaciones vividas. Llegar a una cima, visitar un pecio escuchando solo mi respiración, observar a los habitantes de las profundidades, y ahora, navegar con el sonido del viento ululando en los obenques, todo ello me ha proporcionado, como dijo un buen amigo mío, “sensaciones acojonantes”.

         Por todo ello creo que bien vale olvidarse de esos miedos, dar un paso adelante, confiar y disfrutar. Quien sabe, tal un día pueda disfrutar emulando a Icaro…

 

lunes, 9 de marzo de 2015

El reencuentro

           Se hace largo, yo diría que cada año más, soportar los meses de invierno. Días de tormentas, vendavales del NW, lluvias que calan hasta los huesos, vientos gélidos, incluso algún día de nieve a nivel del mar, así ha sido el invierno por aquí. Y hablo en pasado pues parece que lo peor va a quedar ya atrás, las altas presiones se van a quedar unos cuantos días con nosotros, es cuestión pues de aprovecharlas. Y es que días de lluvia aún nos tocarán soportar en la primavera, como no, así que ni corto ni perezoso sino todo lo contrario, este fin de semana izamos velas y nos hemos dejado llevar unas cuantas millas por un NW que rondaba los 10 nudos, aunque a ratos llegaban rachas con algo más de fuerza.

         Lógicamente el mar no tiene todavía ese color que toma tras muchos días de buen tiempo, el agua está revuelta, y aún somos pocos los que nos decidimos a navegar en el Cantábrico. Es un gozoso reencuentro, como volver a ver a un amigo. Los rayos del sol tienen ya algo de fuerza y se está muy bien en la bahía, los pocos que salimos disfrutamos con las condiciones, hay una mar de fondo de 2 metros pero es bastante tendida, las rompientes en los bajos de las Erretas delatan el estado de la mar.

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             Navego primero de ceñida hacia el N, las olas me entran por la amura de babor y frenan un poco a Siracusa que apenas avanza a 4 nudos, mantengo rumbo casi una hora y luego con la proa apuntando a Hendaia me coloco para recibir el viento por el través, ahora con este rumbo algo más abierto y las olas más a favor, Siracusa navega más rápido. Repaso mentalmente los consejos de trimado de velas de algún amigo e hilando fino hago que el velero sobrepase en algún momento los 6 nudos, disfruto de esta soledad que nos envuelve cuando navegamos a solas, poco a poco la confianza que me faltaba cuando he salido hoy la voy recuperando, y enseguida me doy cuenta de lo afortunado que soy…

        Estamos en Marzo, es la época de hacer planes para los meses que nos vienen, el año pasado llegamos a Baiona, en la costa de Iparralde, este año me gustaría visitar a un amigo en la costa bizkaina, es bueno tener amigos en los puertos…

          Así, a veces de través, otras ciñendo, paso la tarde, el sol poco a poco va perdiendo fuerza y me recuerda que todavía faltan unas cuantas semanas para que lleguen los días en los que pueda esperar a las estrellas disfrutando de la cálida temperatura de un atardecer, ese será otro reencuentro muy esperado.

jueves, 29 de enero de 2015

Libros que envenenan

            Pablo Neruda escribió, “muere lentamente quien no viaja ni lee, quien no sueña, quien no confía, quien no lo intenta”. Creo que me estoy haciendo inmortal, viajar he viajado lo suyo, leer, todos los días lo hago desde luego, soñar, ya lo creo que sueño, hasta despierto, confiar, mi padre me decía que soy demasiado confiado, e intentarlo lo hago una y otra vez. Así pues, cumplo todos los requisitos nombrados por el poeta chileno y poco a poco me hago inmortal…

          Imagino que mi afición por la lectura se la debo en parte a un profesor que tuve en la época de estudiante, de alguna manera supo inocularme ese vicio que curiosamente va a más. El periodista Manu Leguineche, viajero empedernido, ya lo dijo, “lo importante son esos libros que estimulan el viaje y que hacen que un día tarde o temprano aparezcas por allí”.

          Mi último libro leído ha sido "La isla olvidada", hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una lectura. Este será uno de esos títulos que volveré a leer, que no releer, de principio a fin. Su autor, Lluís Ferrés Gurt, nos lleva de la mano por la historia del Mediterráneo mientras lo recorre en su velero visitando islas, pueblos y bahías, de las que a buen seguro no hemos ni tan siquiera oído hablar. Durante la lectura, Lluís nos traslada muchos siglos atrás, cuando culturas ya extintas poblaban las riberas del Mare Nostrum. Conoceremos de primera mano historias de los pescadores de los grandes atunes rojos del Mediterráneo, de recolectores de esponjas, de coraleros etc. Conoceremos islas, puertos y fondeaderos con nombres casi secretos, alguna de esas ínsulas no están tan siquiera habitadas, aunque siglos atrás lo estuvieron. Lluís habla con el pueblo, con personas comunes, habitantes de lugares casi olvidados donde, más que vivir, podríamos decir que sobreviven. Y son precisamente esas personas de vida humilde, las que nos pueden abrir los ojos, las que nos muestran que la felicidad no radica en lo que tenemos.

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        Navegando en su Cape Dory 33 Lluís Ferrés cruzará el Mediterráneo de poniente a levante visitando islas italianas, tunecinas y griegas. Parte de Port Lligat, un lugar, como los que visita en su periplo, sencillo, sin grandes infraestructuras portuarias, pero todos ellos rebosantes de historias que el autor nos narrará con gran precisión.

        Para hacer la lectura más entretenida lo he hecho de la siguiente manera, mientras leía tenía abierto en el ordenador el Google Eart, y con la capa de Panoramio marcada para poder ir viendo las imágenes subidas de los lugares en los que Luís Ferrés recala. “La Isla Olvidada” no es un libro de navegación al uso, que nadie esperé, como ya lo dice el autor, descripciones de maniobras marineras, o de espectaculares narraciones mientras se navega en una dura ceñida, es como se puede leer en la portada, un periplo por el Mediterráneo más modesto.

Una pequeña recopilación de imágenes de los lugares que se narran en el libro.

jueves, 1 de enero de 2015

Terminando el año.

             Con un cielo que recordaba más a una primavera en el Mediterráneo que al Cantábrico en un invierno recién comenzado, despedí ayer a este año 2014 con una fuerte helada sobre la cubierta del Siracusa
La cubierta helada.
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        Después de varias semanas de mal tiempo y mala mar por fin hay una tregua, dejo que el sol coja altura y abandono el pantalán a bordo del Siracusa a media mañana. He encontrado la cubierta con una buena capa de hielo, algunos aparejos, los carros de las escotas particularmente, están bloqueados por la helada. Una vez liberados salgo a la bahía de Txingudi aprovechando una ligerísima brisa terral del SW. Las predicciones hablan de un suave viento de entre 6 y 10 nudos del E para la mañana, ya veremos…
         El mar está como un plato y el terral sigue impulsándome mientras navego de aleta, primero amurado a estribor y luego a babor. A eso de las 12’30 h cesa la brisa del S, durante unos minutos me quedo parado, el resto de los veleros que veo cerca están igual que yo, normalmente estos parones de viento a media mañana suelen ser la antesala de un cambio de dirección del viento. No me equivoco, en apenas 10 minutos un helador y anunciado viento del E comienza a soplar con algo más de fuerza que antes, la sensación de frío aumenta y me cubro bien. El día está radiante y a pesar de la baja temperatura disfruto todo lo que puedo. Navego hacia el N, procuro hacerlo dándome el sol. Tras navegar unas pocas millas hacia afuera decido dar la vuelta, giro y pongo proa hacia puerto, Siracusa navega de fábula con estas condiciones.
         He aprovechado la horas centrales del día y a las 15 h. amarro de nuevo el barco. No ha estado mal como despedida del año, ojalá el 2015 traiga muchos días como este.

martes, 30 de diciembre de 2014

Especie en peligro de extinción

           Nos toca vivir unos tiempos en los que la palabra amistad va perdiendo una fuerza a la que no debemos renunciar. Amigo, una escueta palabra que encierra unos valores sin los cuales la vida se torna difícil, oscura.
         Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro, pero tener un amigo es cosa de dos, el fuego no existe por que sí, hace falta un combustible y un comburente, si uno de los dos no está la amistad, el fuego, no existe. Será pues imprescindible ir alimentando poco a poco esa llama para que no decaiga.
       Hoy, al llegar a casa después del trabajo me he encontrado con un paquete que no esperaba recibir, repaso mentalmente mi lista de posibles compras, nada, yo no he pedido nada y menos de este tamaño…, el paquete tiene un volumen considerable. Lo primero que se me viene a la cabeza es que sea alguna compra de la que duerme a mi lado. Pero mis dudas no tardan en ser borradas de cuajo, miro el remitente, el paquete proviene de Valladolid. Para nosotros en casa decir Valladolid es decir Apala, mi amigo Apala, aquel que conocí en la minúscula aldea de Rodellar del prepirineo oscense, de aquello hace ya muchos años. Fue un encuentro casual, de los que suceden de manera inesperada. Ya la primera noche compartimos borrachera, luego, con el tiempo, compartimos más experiencias, descensos de cañones, algunas cimas, algunas escaladas de poco pelo, visitas a Pucela y al pueblo de La Uña en la montaña leonesa, lugar donde nuestros amigos, hablo en plural por que son dos, Apala y Toña, tienen su oasis secreto para escapar del agobio del mundo de las prisas.
          Pero también ellos se acercaron a nuestra tierra ( aún lo hacen a día de hoy ), les enseñamos nuestra ciudad, Donostia, sus fiestas, sus gentes, les mostramos lo importante que es para nosotros sentarse alrededor de una mesa con amigos… Un día por fin tuve la ocasión de mostrarles algo que no conocían a buen seguro, les mostré el mar, pero no el mar visto desde tierra, ese, como la inmensa mayoría de los mortales ya lo conocían,  pude enseñarles el mar desde el mar. El mar, mi otra mitad, navegamos a vela. De esa forma pude sentir que parte de mi deuda la estaba saldando, la balanza se equilibraba, sabía que para ellos navegar a vela era una experiencia única, la mar estaba ayudando a que nuestra amistad se hiciera más firme, compartimos timón, escotas, y brisas…
       Pero volvamos al paquete, nada más leer el remitente una mueca de alegría se dibuja en mi cara, la curiosidad me emborracha y me apresuro a ver las entrañas de la misteriosa caja de cartón. La abro y  ¡¡ sorpresa !!, algo hecho a mano y de lana aparece, es grande, viene enrollado, lo extiendo y no doy crédito a lo que veo.
















 Es la portada del libro que un día escribí para mis hijas, me emociono al verlo, es una gruesa manta que Toña a tejido para nosotros, “La manta de los vientos” la ha bautizado Apala. No la busquéis en las tiendas por que no hay otra igual.














Es imposible no sentirse afortunado cuando uno tiene unos amigos así, son, una especie en peligro de extinción.
MUCHAS GRACIAS TOÑA Y APALA.