martes, 13 de marzo de 2018

Una vela entre los verdeles

Con la llegada del mes de Marzo ha dado comienzo la campaña del verdel, o como se le conoce más comunmente, la caballa. Serán unos cuantos millones de kilos los que se extraigan de la mar durante un corto espacio de tiempo, este año la cuota permitida de pesca se ha recortado alrededor de un 20%, para la flota de cerco del Cantábrico, veremos cuanto dura esta campaña que suele ser extenuante para todos.

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La primera semana se ha cumplido y las primeras toneladas ya se han vendido, tras cinco días de trabajo incesante el viernes llega con los brazos y piernas resentidos para muchos. Descargar, colocar en cajas, paletizar, flejar, transportar, son muchas manos las que hace trabajar el verdel. Para recuperar fuerzas y tranquilizar ánimos decido salir a navegar el sábado al mediodía, luego, por la noche, cocinaré unos filetes de verdel en compañía de unos amigos. Para la mañana apuntan viento sur moderado con una mar de fondo que no llega al metro de altura, no me lo pienso dos veces, el viento sur no es el mejor para navegar en el Cantábrico, le llaman el loco, por algo será… Hace ya unas cuantas semanas que no navegamos al viento, asi que las ganas me empujan irremediablemente hasta el pantalán donde espera Siracusa amarrado pacientemente.

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El invierno se deja ver sobre la cubierta del barco, un poco de jabón y cepillo no le van a venir mal. Arranco el motor y tras revisar jarcia y otros elementos largo amarras, salgo solo y enseguida noto como el viento va a ser el protagonista del día. Aún por el río saco velas, el viento Sur lo tengo a favor para salir por el Bidasoa y hay que aprovecharlo. Al llegar a la desembocadura el viento crece y tomo un rizo a la velas, el viento sur sopla a latigazos.

Navego rápido, con viento de aleta, un viento que me empuja fuera de la bahía sin contemplaciones, volver a entrar no me resultará tan fácil. El mar está camuflado por el viento sur que lo aplana y le da apariencia serena, pero es un espejismo, la tensión en las escotas del génova y la caña del timón trabajando con firmeza lo delatan. Busco refugio tras el monte Jaizkibel, pero el viento Sur consigue superarlo por su parte superior y las laderas que se precipitan hacia el mar desde la cima hacen que funcione como un viento catabático, esto es, se acelera en su descenso hacia el mar y su fuerza es mayor al llegar a la parte inferior. El viento es racheado, ahora soplo, ahora no, las rachas se delatan en la superficie antes de alcanzarme asi que vigilo la mar intentando que no me sorprendan. Ciñendo, el barco tiende a escorar cuando le alcanza una racha, pero voy aprendiendo poco a poco a no caer en la primera tentación de amollar la escota de la mayor, orzo levemente algún grado más aprovechando la subida de viento y así controlo las rachas, de paso gano algo más de barlovento. Me divierto gobernando el barco, es curioso como al enfrentarse uno solo a ciertos problemas saliendo airoso de ellos se gana en confianza, pero si algo estoy aprendiendo con la navegación a vela es precisamente a no ser confiado, sobre todo cuando estoy solo a bordo.

Navego a sotavento del Cabo de Higer durante unos minutos, pero dado el aumento de la fuerza del viento decido volver a la bahía. Solo estamos dos veleros, todo para nosotros, un pequeño premio por nuestra decisión de navegar hoy. Ya entrada la tarde vuelvo a puerto, toca pelear un poco con el viento de proa, pongo motor y remonto el río hasta nuestro amarre, en unas horas estaremos probando los primeros verdeles de la temporada. El lunes volverán a descargarse la preciada caballa en el puerto y retornará el bullicioso ajetreo a la lonja.


lunes, 2 de octubre de 2017

Corta la quilla

Hace unos años tuve la oportunidad de bucear en un bajo situado frente a la costa del monte Ulía, en Donostia. Su nombre, conocido por buceadores y pescadores como Pikatxilla, traducido al castellano “corta la quilla”, creo que lo dice todo.

Es una roca que en bajamar apenas queda a un metro o poco más de la superficie, suficiente para mandar a pique a una embarcación que choque con ella. En su vertiente norte tiene una caida en picado hasta los –30 m, esta profundidad es la causa de que las inmersiones no sean muy prolongadas. En el fondo, a los –30 m, se suele estar unos 15-20 minutos para evitar entrar en parada de descompresión, luego, el ascenso se hace progresivamente por una pared donde puede verse mucha vida. Alrededor de la roca nos toparemos con diferentes restos de naufrágios, es muy conocida una antigua caldera perteneciente a un vapor alemán, tambien pueden verse restos de otros naufragios más recientes pertenecientes a pesqueros locales.

Pero la sorpresa llegó hace unos pocos años cuando quedó a la vista, tras haberse ido gran cantidad de arena del fondo, los restos de un barco de madera del siglo XVII o XVIII. Bucear en la Pikatxilla siempre resulta emocionante, es sin duda un lugar emblemático.

Xabier Anatol, un arrantzale pasaitarra ya jubilado, conoce como nadie esa zona maldita para cuantos viven de la mar, no en vano ha visto a lo largo de su vida multitud de barcos accidentados en dicho punto. En algunos de ellos incluso llegó a intervenir para ayudar a recuperar los buques embarrancados, coincidiendo con el tiempo en que trabajó para una empresa de remolcadores marítimos..

«Lo cierto es que en ese sitio se han perdido bastantes barcos y otros muchos han tocado el fondo, porque se trata de una roca muy pronunciada que, con las bajamares y si hay un poco de ola, queda casi al aire, pero el resto del tiempo no se ve. En días de niebla, ahí también se han perdido embarcaciones que, de camino a Pasaia, viniendo de San Sebastián, han solido pegar en ella. Es lo que le pasó hace muy pocos años a un barco que acabó embarrancando en la playa de La Zurriola», explica.

La lista de nombres de naves que han sufrido accidentes en Picatxilla es interminable. Anatol hace memoria de uno de los casos que más le impactó, el protagonizado por el pesquero 'Luis Adaro'. Aún recuerda cómo este pegó en la roca y fue a embarrancar a la entrada de la bancha oeste del puerto de Pasaia, en Senekozulua. «Ocurrió a principios de los años cincuenta y fue muy conocido, ya que el salvamento resultó bastante difícil. Hubo que poner cables a tierra», cuenta.

A su memoria vuelven las imágenes algo más recientes de los tres veleros que corrieron la misma suerte que el 'Berriz Patxiku'y hubieron de ser rescatados. «Todo el mundo escapa de la Picatxilla. Es un bajo que todos los patrones de pesca de cerco conocen muy bien», afirma.

Pero si este punto de las faldas del monte Ulia es tan peligroso, ¿por qué los barcos continúan frecuentándolo? «Porque es una zona buena para los barcos de bajura. Todo el pescado come en las rocas, como la lubina y otras especies. Si los barcos quieren comer, tienen que arriesgar. Además, entre 1945 y 1950 este era también un sitio de contrabando enorme», señala el arrantzale retirado.


miércoles, 16 de agosto de 2017

La derrota de un sueño.

Las hay para todos los gustos y de todos los tamaños, pero si hay una caracteristica común a todas ellas, las islas, esa probablemente sea el aislamiento. Ciertamente no es lo mismo vivir en una de ellas cerca de un continente que hacerlo en otra a cientos o miles de kilómetros de tierra firme. Algo tendrán esas porciones de tierra para que hallan sido protagonistas de tantos y tantos mitos literários, ellas poseen el atractivo de lo desconociodo y remoto, razón suficiente por la que muchas personas se sientan irremediablemente atraidas por ellas. Han sido soñadas, buscadas, halladas, conquistadas, usurpadas. Han pertenecido a la literatura desde siempre, Homero ya situó en una de ellas, Ítaca, el hogar de Odiseo (Ulises).
El título de esta publicación puede llevar a confusiones, no hablamos de derrotar un sueño, los que viven del mar, los navegantes, ya saben a que me refiero, una derrota no es sino la trayectoria o el rumbo seguido por una embarcación sobre el mar, por ello, lo que aquí se lée es un viaje soñado, muy deseado, más aún, es una travesía que un día llegará, los que me conocen, los que viven cerca de mi, saben de mi obstinación... A menudo suelo recordar cuando tomé por primera vez el timón de un pequeño vaurient, ante mí apareció un nuevo mundo del cual ya no he querido salir. Leonardo da Vinci escribió, “una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al cielo, porque ya has estado allí y allí deseas volver”, cuanta razón tenía.
He visitado tan solo 9 islas habitadas, pero en cada una de ellas me he fijado en algunas características de sus habitantes, en sus costumbres, su ritmo de vida y he intentado imaginarme viviendo en su aislamiento. Algo tienen los isleños que les marca, algo que a mi me atrae, tal vez sea eso, su aislacionismo. Me encuentro cansado, harto del ritmo de vida tan absurdo que llevamos, tal es así que lo que mi mente me pide es eso, desnonexión… Sí, ya se que muchos me dirán que puedo cambiar mi ritmo de vida sin escaparme a una isla y tal vez tengan razón, pero creo que he caído en la tela de araña tejida por las plumas de tantos y tantos escritores que lograron hacernos viajar con la imaginación mientras leíamos sus relatos. Además, confieso que me gustaría hacerlo, ir a una isla, navegando en mi propio barco. De unos años hacia aquí, el Mediterráneo ha ejercido sobre nosotros un magnetismo tal que pensamos en él casi a diario, esa atracción es tan visceral que tenemos un plan A para el futuro íntimamente ligado a ese mar, una navegación hasta el Mare Nostrum del que se dice allí empezó todo… Seré aún mas conciso, son en particular los archipiélagos griegos los que, como a Ulises los cantos de sirenas, tanto nos atraen. Sabemos que aún hay islas en los que la vida transcurre a un ritmo que tenemos olvidado, lugares donde el equilibrio, la cadencia de sus habitantes, la marca el Sol.
Se que puede sonar aún lejano, pero es nuestra ilusión, un día partiremos, dejaremos atrás todo eso que nos tiene sujetos en tierra firme, será algo así como nuestra recompensa vital. Partiremos en un viaje sin fecha prevista para el billete de vuelta, nuestro cuerpo ya no tendrá el vigor de cuando éramos jóvenes, pero esperamos que la ilusión la mantengamos intacta cuando llegue el día. Tal vez, en alguna lluvia de Perseidas, deberíamos pedir un deseo…
Pero todo camino empieza con un primer paso, y el nuestro será grande, muy grande, para navegar por el Mediterráneo tendremos que rodear primero la península y atravesar las columnas de Hércules en el estrecho que separan África y Europa. Una vez en el Mare Nostrum buscaremos las islas que más nos atraigan mientras nos acerquemos a nuestro destino. Primero será el turno de alguna de las islas Baleares, y luego, luego nos quedará por delante un mar tan deseado como desconocido para nosotros, nos gustaría llegar a Bizerta en la costa tunezina, Pantellaria, la isla italiana conocida como la hija del viento, será una recalada obligada. Las islas Eolias, al norte de Sicilia, morada del dios Eolo, sería otro de los lugares a visitar. Antes de abandonar Italia podríamos recalar en Leuca, puerto situado en la punta del tacón de la bota italiana. Desde allí, con una singladura de poco más de 50 millas, tocaríamos las primeras islas griegas, las Jónicas. En estas islas tendríamos mucho que ver y visitar, personas y lugares. Más adelante, atravesaríamos el canal de Corinto que nos daría paso al golfo Sarónico, y luego ya el mar Egeo, el mar azul del que el escritor griego Nikos Kazantzakis escribió, “feliz el hombre que antes de morir ha podido navegar por el Egeo. En ningún otro lugar se pasa tan serenamente de la realidad al sueño”.
Derrota
Sin prisas, al ritmo que marquen viento y sol, escondiéndonos de la mala mar y conociendo pueblos y gentes, así nos gustaría que fuese nuestro viaje, una travesía cuyo destino será una isla que aún desconocemos, un mar que será nuestro hogar durante… un tiempo, ese es nuestro sueño. Para entonces seremos poseedores de un bien del cual ahora nuestra sociedad adolece, tiempo. Nuestro barco también tendrá ya que ser otro, mayor, más seguro, más confortable, nos gustaría compartir la experiencia con algun amigo, pero de momento no parece que vaya a ser algo sencillo de conseguir, pero bueno, aún falta tiempo y este irá poniendo todo en su sitio. Mientras tanto seguiremos aprendiendo, navegando, pensando en nuestra isla y escuchando consejos de los que conocen aquello. Los grandes viajes se realizan tres veces, una bajo la atenta mirada de la ilusión mientras lo preparamos, dos cuando lo llevamos a cabo y tres cuando lo recordamos.
                                                   Greek flag map
Jónicas, Cícladas, Dodecaneso, Espóradas, son nombres que nos empiezan a ser familiares y nos sentimos atraídos por ellos, un día, esperamos que sea más pronto que tarde, serán nuestro refugio.
“He aprendido lo que cualquier soñador necesita saber: ningún horizonte es tan lejano que no lo podamos alcanzar o superar”, Beryl Markham.




lunes, 1 de mayo de 2017

Fuerza 10, vendaval en el Cantábrico

No suelo ser muy dado a competir en regatas, no veo a la mar como un lugar donde disputar nada. Pero la regata “La Gaviota” tiene algo que me atrae, tal vez su popularidad o la distancia a recorrer sean las causas de esa atracción.

La salida suele darse al mediodía en Getaria, pueblo costero de Gipuzkoa, y se trata de llegar hasta las inmediaciones de la plataforma marina que tiene Repsol cerca de Bermeo, frente a la costa de Bizkaia, y vuelta a Getaria. En total suelen ser unas 50 millas a rumbo directo pero que se alargan algo ya que normalmente en la ida o en la vuelta, dependiendo del viento que sople, hay que hacer algún bordo ciñendo. Es, como decía, una regata de participación muy popular, normalmente suelen acudir a la cita alrededor de una treintena de veleros de fabricación de serie de esloras comprendidas entre los 30 y 40 pies. En mi caso suelo ir invitado – era ya la tercera ocasión - a bordo del Xibika, un Beneteau First 36 que navega de maravilla, es un buen barco sin duda.

Ayer partimos con una meteorología casi de verano, 20ºC, viento suave del SE y cielos bastante despejados. Tras la ordenada salida, el viento se mantuvo suave del SE casi dos horas e hicimos medias de 6 kn de velocidad utilizando el spi, esa vela que a mi se me antoja siempre tan liosa. Pero tras ese comienzo tan benigno, el viento fue cayendo y durante más de una hora nos que damos con muy poco viento, avanzamos a tan solo 2-3 kn. Pasado ese tiempo de calma reaparecio el SE con una intensidad que nos volvió hacernos avanzar a buena velocidad. Sobre las 16:30 viramos en la baliza colocada por la organización y pusimos proa a Getaria, pero ahora el viento lo teníamos en contra, por los que comenzamos a ceñir dando algunos bordos. El viento empezó a arreciar y aparecieron las primeras rachas de 20 nudos como estaba previsto por la meteo para la tarde, gracias a que eran vientos del sur no se estaba formando mucha mar y manteníamos buena velocidad.

El viento, poco a poco, casi sin darnos cuenta, empezó a subir, cogimos el primer rizo a la mayor y seguimos avanzando a buena velocidad. A la vez que el viento subía también fue este colocándose más al sur, algo que nos vino muy bien para ir acercándonos a Getaria. A las 20 h, el viento ya llegaba a 30 kn  y nosotros seguíamos acercándonos a Getaria, ya veíamos la luz de su faro. Fue entonces cuando nos dimos cuenta que no teníamos el cabo del segundo rizo de la mayor, se había soltado del ollado y salido de la botavara, no podíamos ahora ya volver a meterlo con esas condiciones de navegación, asi que optamos por enrollar un poco el génova. Pero en contra de lo esperado el viento empezó a soplar como nunca me había tocado a mi soportar en la mar, en unos minutos se hizo de noche, las rachas más fuertes sobrepasaron los 50 kn y el viento se fue más al sur todavía, casi se puso algo del SW. Nosotros ya habíamos sobrepasado la posición del faro de Getaria y teníamos que virar ya para llegar a la meta, esta se encontraba a unas 5 millas de distancia, pero la fuerza del viento era tal que nos obligó a recoger por completo el génova. Con ese panorama, viento de 50 kn y solo con la mayor, intentamos virar con precaución pues una racha descontrolada podía colocarnos con el palo en el agua a oscuras, nos sujetamos todos con lineas de vida e intentamos la maniobra. Pero el barco no viró, al llegar al punto donde la proa apunta ya al viento esta no pasó de ahí, nos dimos enseguida cuenta que iba a ser una maniobra muy difícil de ejecutar en esas condiciones, al no tener génova y la mayor ya un rizo cogido no disponíamos del suficiente empuje para virar.

Getaria empezó a quedarse atras, el viento nos llevaba cada vez más al oeste y tomamos la decisión de abandonar la regata, llamanos por rádio a la organización, les comentamos nuestra situación y que optábamos por salirnos de la regata. Nos advirtieron que había otros veleros en condiciones parecidas o peores que las nuestras, hay que recordar que participaban veleros de esloras más reducidas que seguramente se les estaba haciendo a ellos más duro todavía este vendaval.

Pusimos entonces motor y planeamos la maniobra para arriar la vela mayor, que la llevabamos ya con la escota muy largada para que apenas portara viento, aproarnos al viento lo veíamos arriesgado, si el barco se cruzaba al viento con la escota recogida podíamos acabar con el barco tumbado en el agua, asi que optamos por otra opción. Con la escota de la mayor largada por completo uno de nosotros se sujetó a la base del palo y empezó a tirar de la vela hacia abajo, algo pudo arriarla, entonces yo recogí un poco de escota y traje la botavara algo hacia dentro, luego volvimos a arriarla otro poco y volví a recoger otro poco de escota, esa maniobra la fuimos repitiendo varias veces, mientras, otro tripulante iba sujentando como podía con un cabo la vela que íbamos recogiendo. Toda esta maniobra nos llevó media hora hasta que la vela estuvo bien amarrada en la botavara, fue un rato complicado que se me hizo eterno, cuando por fin vimos todos la vela sujeta respiramos, ya solo nos quedaba volver a motor a Getaria, algo que también hubo que pelearlo pues el viento lo teníamos casi de proa. Nos llevó dos horas entrar a puerto, hubo que estrujar bien el motor para que nos dejara avanzar. Al llegar vimos como una embarcación de salvamento marítimo salía con las luces de emergencia ecendidas y los motores a tome, ya imaginábamos lo que podía suceder, a la mañana siguiente nos lo confirmaron, un velero había solicitado el rescate al que darse sin velas ni motor.

Para mi ha sido una experiencia importante, en la mar se aprende de esa forma, a base de vivir diferentes situaciones y saber resolverlas. Los tripulantes con los que iba sabieron transmitirme la tranquilidad necesaria para saber estar ahí, creo que es fundamental no perder los papeles ni tomar decisiones erroneas que puedan poner en riesgo la integridad del barco y sus tripulantes. El barco no sufrió daños ni roturas aparentes y dio muestras de una gran solided, pero a todos se nos pasó por la cabeza que podíamos tener algun percance, con 50 kn de viento (casi 100 km/h) y de noche uno solo piensa en que en cualquier momento va a partirse algo.

El año que viene volverá a celebrarse una nueva edición de esta bonita regata, quien sabe, tal vez vuelva.

 

martes, 21 de marzo de 2017

Leticia, la tenaz ballena de Hondarribia

                       Moby Dick

No sé si será por el cambio climático o por que razón, pero los avistamientos de grandes cetáceos cerca de nuestra costa se están convirtiendo casi en un clásico. Ya hay varias empresas dedicadas al turismo de avistamiento de ballenas y es que el encuentro con grandes rorcuales u otros mamíferos es todo un espectáculo, quien iba a decirles a los pescadores de hace ya unos cuantos siglos que dedicarse a llevar a gente a ver ballenas podría ser un negocio…

Aunque hay datos que permiten afirmar que ya en el siglo VIII se cazaba la ballena en nuestras aguas, los primeros documentos escritos son del siglo XI. La primera muestra gráfica en Europa que da fe de los hechos procede de Hondarribia, el sello del concejo de Hondarribia de 1297 así lo confirma.

                            

La caza de la ballena en el Cantábrico tuvo su mejor momento en los siglos XIII y XIV, fue decayendo a lo largo de los siglos XVI y XVII y prácticamente desapareció en el XVIII. En Hondarribia entre los años 1610 y 1615 se mataron 21 ballenas, y sólo en el año 1631 se capturaron cinco de estos cetáceos. Durante el siglo XIX, en todo el litoral cantábrico tan sólo se cazaron cuatro ejemplares, uno de ellos en Hondarribia en 1805 “y acudió la población de San Sebastián a verla como objeto raro”. En el siglo XX la única captura realizada fue un ejemplar en Orio en 1901, con la ayuda de dinamita.

Sólo perseguían a un tipo de ballena: la Balaena Biscayensis, ballena de los vascos o ballena vasca –hoy denominada como ballena franca del Atlántico Norte o Eubalaena glacialis-. Y la perseguían por varias razones fundamentales: nadaba muy despacio y era de carácter tranquilo (ambas cosas hasta que resultaba herida), se acercaba mucho a la costa y entraba en aguas poco profundas, tenía una capa de grasa mayor que las demás (hasta un 45% de su peso); y, sobre todo, porque su gruesa capa de grasa la hacía permanecer a flote una vez muerta. Sus propias denominaciones de ballena franca, right whale o el prefijo “eu” de Eubalaena, se refieren a que era la ballena buena, la correcta, aquella que había que perseguir.

Pasaban el invierno en el golfo de Vizcaya, entre octubre y marzo, y después volvían al Atlántico Norte. Los arrantzales la llamaban Sardako Balea. Lo que no deja de ser curioso porque, aunque se movían en grupo por el Atlántico Norte, aquí solían llegar en solitario, pocas veces en pareja, y excepcionalmente en grupos muy pequeños.

 

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Las migraciones de los cetáceos son bastante estables, y también suelen ser estables las rutas individuales de cada uno de estos mamíferos, hasta el punto de ser reconocidos en las costas que visitan. Pero pocas veces una ballena habrá cogido tanta querencia a un cabo –Higuer- y a una isla –Amuitz- como la que entre 1881 y 1892 visitaba casi todos los años nuestras aguas.

Se hizo conocida, por vez primera, al encallar en la barra de Hondarribia el 1 de noviembre de 1881 y, a pesar de sus “esfuerzos violentos”, no consiguió salir hasta que subió la marea. Su aparición cogió a todos por sorpresa. Sólo algunos carabineros reaccionaron disparándole, pero “los disparos de fusil que se le hicieron no causaron daño alguno al cetáceo, y cuando éste se vió con agua suficiente para moverse con libertad abandonó á los que le molestaban”. Ese año se hicieron algunos tímidos intentos de cazarla, pero sin ningún éxito. Los pescadores de Hondarribia afirmaban que se oía por las noches “el ruido que la ballena produce al lanzar el agua tragada”.

Pero ya en esas primeras apariciones queda claro lo que sería una constante en años posteriores: su gran tamaño, su arraigada costumbre de intentar atravesar las barras de ríos y estuarios –lo que le hacía encallar muchas veces-, su gusto por dormir junto a Amuitz, y lo difícil que resultaba cazarla.

La prensa se hace eco de su reaparición en noviembre de 1883. Y aquí aparece otra constante: los intentos de Ignacio Mercader por cazarla. Mercader, armador de la flota de vapores de pesca La Cantábrica de San Sebastián, escamado por el poco éxito de 1881, se había comprado algo nunca visto en nuestra costa: un modernísimo “arcabuz
norteamericano lanza-arpones”, que tenía sin estrenar. El arpón iba provisto de un explosivo que se accionaba eléctricamente. En cuanto supo de la presencia de la ballena en Hondarribia, zarpó a bordo del Mamelena 3. A mediodía la encontró frente a la playa de Hendaya nadando lentamente. Desde cinco metros de distancia le disparó un arpón con su arcabuz, alcanzándole a la ballena en la cabeza. El cetáceo huyó, pero por sus movimientos, cada vez más lentos, la dieron por mortalmente herida. La prensa publicaba “debemos advertir que la ballena es ya propiedad de los armadores del Mamelena 3”. Pero de eso nada. Ocho días después volvió a presentarse en Higuer con una herida en la cabeza.

Aunque todo hace pensar que el ejemplar que encalló en 1881 era el mismo, se podrían –por supuesto- plantear dudas.

Pero las dudas desaparecen a partir de 1883. Los ejemplares individuales de Eubalaena glacialis se distinguen porque las diferentes callosidades de la cabeza son como un carnet de identidad. A ello la “ballena de Fuenterrabía” sumaba su gran tamaño y, desde el 22 de noviembre de 1883, una gran cicatriz en la cabeza producto del arpón explosivo de Mercader.

Entre noviembre de 1883 y marzo de 1884, las andanzas de nuestra ballena alcanzan su máxima popularidad. Los artículos que le dedica la prensa nacional en este período –cinco meses- superan de largo el centenar. Una cobertura mediática absolutamente extraordinaria para la prensa de finales del siglo XIX. “Continúa entreteniendo á los habitantes de los pueblos de Fuenterrabía, Irún, Hendaya y San Juan de Luz, la presencia tenaz de la ballena en aquellas aguas”, ” Por las mañanas aparece dormida cerca del cabo Higuer y por el día se corre hasta Biarritz”, “Todas las tardes acuden á verla gran numero de curiosos”, “Estos días la ballena es la mayor distracción de los desocupados de aquella población (Fuenterrabía)”, “Los pescadores de Fuenterrabía están preparados á cazarla”.

Estaban preparados los de Hondarribia, los de los puertos cercanos y los vapores de Ignacio Mercader, que la perseguían de forma casi constante…pero no había manera. El cetáceo había aprendido del primer arponazo de Mercader y, en cuanto traineras y vapores se le acercaban, desaparecía.

Sus ataques a las barras de ríos y estuarios coincidían con la llegada de bancos de anchoa y sardina, a los que hacía huir aguas arriba. Y así, mientras los pescadores se quejaban de que no podían pescar, en el Adour, Bidasoa, Urumea y Oria se cogían anchoas hasta con cubos en el límite de aguas saladas.

El 23 de febrero de 1884 Mercader volvió a acertarle con su arcabuz, según su relato, desde tres metros de distancia.

Se dio otra vez por seguro “que se hallará muerta en alta mar”. Pero volvió a reaparecer frente a Higuer un mes después. Y durante todo el mes de marzo se mantuvo en aguas de Hondarribia, donde “ocho lanchas con arpones la persiguen sin descanso”, “medio pueblo ha tenido la ocasión de verla desde la carretera que se dirige al faro”, “desde la playa se observan perfectamente todas las operaciones. Muchísimas personas va a dicho sitio para  presenciar la pesca de la ballena, que es de colosales dimensiones”.

Y, como sobre cualquier otro personaje público, se hablaba, se discutía y a veces se exageraba sobre nuestra ballena.

Se decía que “es de tan colosales dimensiones que su cuerpo se eleva á más de tres metros sobre la superficie del mar”. Se discutía sobre su longitud –que para algunos era de 20 metros, y para otros más de 30-, sobre si perseguía a los mismos microorganismos que las anchoas o perseguía a las anchoas mismas, y sobre su inteligencia, su “habilidad para escurrir el bulto” y “las burletas que jugaba a los intrépidos e históricos arponeros”. Así, y para ilustrar el descaro del cetáceo, El Urumea relataba en diciembre de 1883 que había permitido que un perro de aguas se paseara tranquilamente sobre su lomo, lo que provocó muchos chistes en su momento.
Volvió en 1885, reanudándose las idas y venidas de la ballena, las traineras de Hondarribia y la flota de Mercader. En 1886 no se tuvo noticias de ella, y se perdió el interés. Pero una madrugada, en agosto de 1887, el Mamelena 4 chocó violentamente frente a Higuer con algo muy grande. “Repuestos del susto, vieron aparecer sobre la superficie del agua un colosal cetáceo, que se supone una enorme ballena que se hallaba dormida, y cuyas dimensiones excedían en largura á los cien pies de quilla del Mamelena”. Así que no había perdido la costumbre de dormir en Higuer y, según lo que nos cuentan, sí que podría rondar los 30 metros de largo. El vapor volvió rápidamente a puerto con la proa destrozada, y se dio –una vez más- por mortalmente herida a la ballena.

Pues tampoco. En diciembre de ese año volvió a aparecer acompañada de otras dos colegas de menor tamaño, y esto ya fue demasiado para los pescadores de Arcachon, Capbreton, Biarritz y San Juan de Luz. En enero de 1888, visto que no podían darle caza, y alegando que era un peligro para la navegación y que no les dejaba pescar, pidieron ayuda al Vicealmirante Prefecto Marítimo de Rochefort para que la ahuyentaran los vapores guardacostas. La operación fue ejecutada por las cañoneras Travailleur, L’Elan y Nautile. No tenemos datos de cómo lo hicieron. Pero sí sobre el resultado: año y medio después nuestra ballena estaba otra vez aquí.

Y, aunque ya hay menos datos en la prensa, siguió por aquí en 1889 y en 1891. En 1892 la prensa publicaba: “la gran ballena Leticia ha vuelto a hacer su visita anual”. En algún momento alguien le había puesto nombre. Este año – 1892- fue el último año en que supo de ella. La Eubalaena glacialis suele tener una vida media de 70 años y por su gran tamaño, muy superior a la media, cabe pensar que nuestra protagonista tenía ya una edad avanzada… así que preferimos pensar que su final le llegó de forma natural.

Desde luego no era la última que se capturó en Orio en 1901, porque ésta medía 12 metros. Ni tampoco la última arponeada sin éxito por el vapor Salvador de Hondarribia frente a Higuer en 1903. Ésta última medía unos 14 metros.

Ninguna de ellas tenía tampoco su característica cicatriz.

Por alguna razón, el nombre de Leticia no nos acababa de gustar para una ballena. La prensa del momento le dedicaba adjetivos como “la famosa”, “la célebre” ó “la tenaz ballena de Fuenterrabía”…nos ha gustado más éste último.
Un informe de la Comandancia de Marina de San Sebastián certificaba, en 1886, la práctica desaparición de la ballena vasca en Gipuzkoa. Afirmaba que se seguían viendo cachalotes y rorcuales lejos de la costa, pero que nuestros arrantzales “no las persiguen porque tienen la desfavorable condición de irse a pique en cuanto mueren”.

Los expertos calculan que, antes del inicio de su caza en la Edad Media, habría unas 13.000 Balaena Biscayensis.

Cuando la especie fue protegida en 1937 ya sólo quedaban unos 50 ejemplares. En el año 2003 se censaron 342 fuera de nuestras costas, porque en nuestras aguas continúan sin verse. El último avistamiento se registró en el límite del Cantábrico, en el cabo de Estaca de Bares, en 1993.

Ahora bien, aunque no se ha vuelto a ver ningún ejemplar de “ballena vasca”, si que se observan con cierta frecuencia la visita de otros grandes cetáceos como las yubartas o ballenas jorobadas. Estos cetáceos suelen rondar los 15 metros de longitud en su edad adulta, y tienen como característica su afición a dar grandes saltos saliendo por encima de la superficie del mar. En la foto se puede ver uno de los últimos ejemplares avistados frente a la costa en Hondarribia.

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Para conocer más sobre estos formidables animales recomiendo la lectura del libro “Jugando con las ballenas” de Joseba A. Bontigui. Un gran trabajo que fue editado solo en una ocasión en el año 2002 por el Gobierno Vasco. A día de hoy no es fácil conseguir un ejemplar, en alguna web de artículos de segunda mano suele verse algún ejemplar en venta a muy buen precio… https://www.milanuncios.com/libros/libro-vasco-jugando-con-ballenas-222016853.htm

domingo, 15 de enero de 2017

Homo humidi

Le ha costado llegar al primer temporal, pero ya lo tenemos encima, lluvia, granizo, nieve en las montañas, termómetros a la baja y el elemento principal de esta ensalada invernal, viento del NW de 30 nudos. La mar se ha puesto su traje para estas ocasiones y las olas se levantan furiosas varios metros, el horizonte ha quedado limpio de embarcaciones.


El Cantábrico tiene ese color gris acero que delata su estado y fuera de la bahía se ven olas rompiendo en mar abierto. Es así, es un temporal de invierno, nuestras fosas nasales por fin se despejarán tras un atípico otoño más seco que la mojama y los cuerpos recobrarán el grado de humedad al que aquí estamos acostumbrados.
En el puerto refugio, las embarcaciones de bajura esperan a resguardo a que llegue la temporada del verdel o caballa y fuera, contra el muro, rompen contínuos embates del mar que descarga su rabia en la costa.

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En la bahía, mientras tanto, las olas entran desbocadas como si tuviesen prisa por morir, llegan a la playa hechas un amasijo de espuma mientras los surfistas se adueñan de ellas olvidándose de a que temperatura está el agua. Esta claro que las grandes olas no nos afectan por igual a todos nosotros, a los que trabajan en la mar les obliga a quedarse en casa, para otros es la ocasión de divertirse.
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Pero no solo el temporal afecta a la mar, muy cerca de la costa se levantan las primeras montañas de cierta altura, allí, el viento frío cargado de humedad, ha dejado mucha precipitación que a partir de cierta altura ha caído en forma de nieve. La imagen de las montañas nevadas cerca de la costa suele ser preciosa, idílica diría yo.

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El invierno parece que por fin ha llegado, durante unos meses volveremos a ser los “homo humidi” de siempre. La lluvia, el frío y el viento serán habituales y en el pueblo la gente, como hacen los rebaños de ovejas en las bordas de la montaña, se refugiará en las tabernas mientras hablan del tiempo tan malo que hace… Pasear, ahora cerca del mar, se convertirá en casi una quimera y nuestro pueblo, Hondarribia, que durante el verano y los fines de semana de buen tiempo se abarrota de foráneos, quedará vacío por un tiempo.
De vez en cuando, con suerte, habrá una ventana de buen tiempo y si la mar lo permite saldré a navegar algún día sacando las velas al viento, navegar en invierno tiene una ventaja, son pocos los que se animan.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Calma chicha

           Durante los otoños, al menos durante los últimos que recuerdo, vienen repitiéndose periodos de calmas más habituales en otros mares. La quietud en la mar, a pesar de ser un estado de máxima tranquilidad, suele provocar con frecuencia estados de nerviosismo y tedio. Llevamos meses en nuestra costa sin un solo temporal, las olas no han superado los dos metros desde el mes de Mayo, algo propio de mares tropicales. 

En estas últimas semanas la calma se ha acentuado, si cabe, aún más, la bahía de Txingudi se asemeja más a un mar interior que al Cantábrico, ese mar donde las olas, provenientes de las borrascas situadas en latitudes septentrionales, lo baten con cierta generosidad (o al menos así era hasta hace poco).

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En nuestra costa los ciclos de vientos de componente sur son habituales tras el verano, pero solían aparecer desde finales de septiembre hasta principios de Noviembre. El caso es que estamos a 7 de Diciembre, continuamos con la componente sur, la mar está como un plato y de momento las predicciones no apuntan cambios.

Hace unos días salí a navegar una mañana, la predicción era clara, calma, ausencia de viento, aún así quería sacar un rato las velas. El resultado de la tentativa fue el esperado, situado en medio de la bahía de Txingudi y con una ausencia total de viento y olas opté por lo más práctico, recogí el génova y la escota de la mayor y disfruté de una buena siesta a la deriva tumbado en cubierta bajo el palo. Era Diciembre en el Cantábrico y el termómetro marcaba 20º C a las 14 horas, algo que empieza a suceder con demasiada frecuencia.

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Los amaneceres con estas condiciones atmosféricas suelen ser espectaculares, el horizonte aparece limpio, sereno, y la mar suele encontrarse extrañamente silenciosa. Las pequeñas embarcaciones de pesca que parten antes del alba se dibujan en el horizonte inmóviles, las óptimas condiciones hacen que sean muchas más de las habituales las que estén con los aparejos en el agua, es un espectáculo que me recuerda a los amaneceres del Mediterráneo.

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Desde casa vemos la mar y un buen trozo de la costa francesa, es nuestra atalaya particular. Los días limpios alcanzamos a ver los primeros bosques de Las Landas más allá de la desembocadura del rio Adour. Por la noche, bajo un cielo estrellado es un espectáculo ver las luces lejanas de los barcos mientras faenan a unas cuantas millas de distancia. Hipnotinazo por el tintineo de esas luces me es fácil imaginar a los barcos faenando, me vienen a la mente los nombres de algunas embarcaciones que conozco y que en esos momentos están allí afuera, Atalaya Berria, Sanaga, L`Albatros, Orka II, Saint Jean Priez Pour Nous…

Por la mañana, ya en el trabajo, los veré descargando sus capturas en el puerto mientras esperan sacar un buen beneficio de la pesca, tras la venta apenas tendrán un rato para cargar algunos víveres y salir de nuevo pitando hacia los caladeros que hay en este rincón del Cantábrico, estos días la mar está siendo muy generosa y tienen que aprovecharlo.

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Mientras tanto, el resto de los mortales seguiremos disfrutando de paseos vespertinos, y veremos como el cielo y el mar intercambian sus colores formando atardeceres inolvidables. Y nosotros, en medio de estas calmas chichas, esperaremos a que llegue el primer temporal que marque el inicio del invierno, entonces nuestras tardes deambulando por los espigones que encierran al Bidasoa en su salida al mar se habrán terminado.

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domingo, 14 de agosto de 2016

Compartir, siempre compartir…

        A menudo compartimos objetos, yo comparto momentos, sensaciones, como decía un amigo mío, “sensaciones acojonantes”…

       Comparto con amigos alrededor de una mesa, en la montaña y ahora comparto en la mar, navegar y bucear me ha permitido además compartir con mi mujer, algo que no sucedía en los senderos, tal vez esa sea la razón por la que pasamos cada vez más horas a bordo…

 

         En la bocana del canal de Sta Engracia un suave viento del N nos recibe,

         dejamos por babor las señalizaciones que delimitan aguas poco profundas 

         y encaramos la salida al mundo de las sirenas…

        La mar de fondo del NW apenas se deja notar, no hay olas viajeras

       que llegan a nuestra costa desde cientos de millas más al norte.  

       En la desembocadura del Bidasoa, la pequeña ola formada por el viento choca

       con la corriente vaciante del río desordenando la superficie. 

       Hacemos dos bordos para escapar de la bahía orientada al Norte,

       el primero amurados a babor, proa al castillo de Abadie,

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        el segundo, amurados a estribor, proa al Cabo de Higuer.

       Por estribor quedan  Las Erretas, unas rocas que en las bajamares fuertes

      asoman por encima de la superficie, pero que hoy, las muy jodidas, no se dejan ver,

      no sería el primer barco que se va a pique ahí.

     Navegamos a rumbo directo con viento casi de través, las velas portan elegantes

     el viento que sopla constante, de vez en cuando la regala se acerca al agua

     en alguna racha, nos divertimos.

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     En aguas de Iparralde el castillo de Sokoa nos da la bienvenida a su bahía,

     cruzamos con las velas arriba las murallas que dan paso a la ensenada y buscamos

     abrigo dentro de la bahía fondeados frente al castillo.

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     Nos bañamos, comemos, charlamos, compartimos… Bajo el casco de Siracusa

     pasan a menudo bancos de alevines, suben hasta la superficie pero se sumergen enseguida

     asustados por los vuelos rasantes de las gaviotas.

    No tarda en aparecer otro depredador, un arrantzale larga una red de fondo

    desde su embarcación, esta noche el arte de pesca hará su trabajo y mañana, el pescado

   atrapado en la malla, podrá venderlo en la pequeña lonja del puerto de Ciboure.

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     El sol está cayendo, sus rayos ya no queman y prolongamos olvidados del reloj nuestro fondeo en Sokoa.

     Mientras, charlamos, recordamos a amigos, hablamos de montañas, de islas, de proyectos,

     de un futuro  que ya no se ve tan lejos, de lugares increibles…

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    El sol se esconde tras la muralla, es el momento de partir, disfrutaremos

    del último aliento del sol en mar abierto. Largamos la estacha que nos mantenía

    sujetos a la boya y con el motor a bajas revoluciones nos dirigimos a la salida de

    la rada. Un pescador, apostado bajo el dique, disfruta de su soledad mientras

    tienta la caña.

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   La brisa ha calmado un poco pero aún sopla lo suficiente para navegar a vela.

   Izamos la mayor, enseñamos toda la génova al viento  y este las pone a trabajar, la proa

   de Siracusa apunta al islote de Amuitz postrado bajo el faro de Higer.

   Intento impregnarme de la inmensa paz que disfrutamos en estos momentos,

   solo percibimos el sonido del barco abriéndose paso en la mar.

  Mis amigos se colocan en proa y mi mujer y yo nos quedamos en popa,

   es entonces cuando te sientes pleno de vida, una mano en el timón y la mirada

   perdida en el horizonte, linea que poco a poco, con la llegada de la noche,

   se va escapando de nuestros ojos.

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   Las luces de la costa ya brillan, el faro de Higer luce su candela

   y las primeras estrellas aparecen sobre nosotros.

  No tardamos en reconocer la Osa Mayor, cae la noche y el viento no cesa,

  nos llega del NNW cuando nos situamos frente a Las Gemelas y ante

  nosotros se abre la bahía de Txingudi. Reconocer las luces que marcan la entrada

  entre los espigones de Hondarribia y Hendaia no es sencillo, el viento va menguando

  su soplido según nos adentramos en la bahía, avanzamos despacio, sin prisas,

   algunas pequeñas embarcaciones están fondeadas pescando en la oscuridad.

   Es una noche de verano, templada, negra y ahora ya, sin viento…

   Frente a la playa decidimos arriar velas, Eolo se ha ido a dormir

  y nos ha abandonado. Despacio, para no molestar a la noche con el ruido del motor,

  navegamos por el Bidasoa hasta llegar a nuestro pequeño puerto. Con Siracusa

  ya amarrado y arranchado nos despedimos de nuestros amigos.

   Han sido unas horas que ojalá hubiesen sido más, interminables mejor, compartiendo

   con amigos sensaciones acojonantes.

 

           Navegamos al viento, como se lleva haciendo siglos, quizás sabernos herederos de aquellos

   fenicios, dueños del Mare Nostrum, sea la causa de nuestras sensaciones,

   sensaciones que desalojan de nuestros cuerpos tensiones, apatías, y nos inundan de

   imaginación, esperanza y fortaleza.

        Como bien dice mi amigo Paco, “buscamos conocer lo que desconocemos, es el espíritu que nos hace ir siempre más alla, hacia lo ignoto y desconocido”.

           Y es ahora, después de estos años aprendiendo a navegar, cuando me siento enorme

   pero diminuto a la vez, tengo a mi familia más cerca que nunca de mí, mis hijas, mi mujer,

   mis padres y hermano, todos ellos van tomando su posición en el mundo y siento que yo me voy

   acercando a la mía.

 

     

miércoles, 13 de julio de 2016

La última dosis de Mediterráneo

            Hace ya unos cuantos años, 16 para ser exactos, que comenzamos una intensa relación con el Mediterráneo, concretamente en la Costa Brava. Las islas Medas fueron las testigos de nuestras primeras inmersiones, allí comenzó el flechazo. Desde Blanes hasta más allá del Cabo de Creus hemos ido visitando lugares que nos han cautivado y conseguido que, con un imán a un trozo de hierro, nos hayan atraído constantemente.

        No tardamos en ser dos más en casa, nuestra pasión por ese trozo del Mare Nostrum comenzamos a transmitírsela a nuestras hijas y no nos costó encontrar lugares que engancharon también a ellas.

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        En el 2.009 visitamos Calella de Palafrugell, desde entonces establecimos allí nuestro “campo base” en las vacaciones. Así, comenzamos a visitar con nuestras hijas los pueblos, calas y rincones de esa costa embrujadora.

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      Hemos intentado durante estos años impregnarnos de la cultura de aquella tierra, ser mediterráneos, como ya he dicho en alguna ocasión.

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     Poco a poco hemos aprendido lo que hemos podido, su clima, sus vientos, su idioma, su gastronomía han calado en nosotros como no podía ser de otro modo.

      Pero nuestras hijas han ido creciendo y la Costa Brava ya forma parte de una etapa de su vida. Seguro que mañana la recordarán con agrado, los recuerdos se amontonarán en su memoria y probablemente algún día vuelven a ella. Allí han disfrutado como lo haría cualquiere crío, no olvidarán las calas escondidas, sus fondos transparentes, incluso alguna cueva en la costa donde entramos a una inquietante oscuridad. La visita bajo el agua a algún pulpo en su guarida, coleccionar orejas de mar, recojer los caparazones de erizos han sido diversiones constantes.

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      Hemos podido disfrutar de paisajes inolvidables, de amaneceres y atardeceres únicos y de una luz como no hemos encontrado en ningún lugar.

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      Pero todo lo que empieza, acaba, nuestras hijas ya tienen una edad que pide más, saben mejor que nadie que hay más lugares para descubrir y además pronto lo querran hacer sin nosotros. Este año hemos vuelto a la Costa Brava, a Calella de Palafrugell, lo hemos hecho sabiendo que iba a ser la última visita de un ciclo. Nosotros, mi mujer y yo, volveremos algún día tal vez para algo más que unas vacaciones, Calella de Palafrugell, Llafranc, Port de la Selva, Cala Sa Tuna, Tamariu, Begur, Port Lligat, Cadaqués y otros muchos más nombres han quedado para siempre acomodados en nuestra memoria.

       El último día de nuestra visita de este año quiso venir a despedirse un viento muy característico de aquella tierra, el Mistral, amanecía en la Costa Brava y ya se dejaban ver unos cuantos veleros disfrutando del viento. Fue como si el viento nos estuviese diciendo, “mirar lo que os perdéis”…

      Nos despedimos dando un paseo a primera hora hasta Llafranc aprovechando la pista que recorre el litoral, es un paseo corto, apenas 20 minutos separan los dos pueblos, pero que nos ha servido muchas mañanas para despertarnos mientras mirábamos al Mediterráneo.

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        Despedirse de un lugar así no es sencillo, allí hemos visto crecer y evolucionar a nuestras hijas y hemos disfrutado muchísimo. Nos hemos dado cuenta que no somos los únicos enganchados a todo aquello, durante estos años hemos coincidido con otras gentes que, como nosotros, volvía allí como si de un ritual se tratara.

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     Hoy, ya de vuelta en casa, solo hemos podido hacer una cosa para intentar mitigar nuestra melancolía, navegar e imaginar que lo hacíamos frente a la Costa Brava…

jueves, 23 de junio de 2016

Solo mar y viento

 

Entonces, ¿ por qué zarpamos ?

En primer lugar, ¡ porque nos gusta navegar ¡

El navegante de recreo es un ser muy original que paga muy caro, en dinero y preocupaciones, el placer de balancearse sobre el mar. Pues no solo se balancea, sino que sufre incesantemente: por su barco, por sus compañeros, por el mismo; por su honor, que considerará perdido si se atolondra, si realiza una falsa maniobra e incluso si no sabe sacar el mejor partido posible (en el que la voz “mejor” se halla determinada por un evangelio misterioso y arcano) del tiempo que encuentra. Momentos hay en que se halla colmado de felicidad, belleza e incluso dulzores; otras veces lo estará de pureza, exterior e interior, y es tal vez aquí donde se encuentra la pequeña llave de oro de su paraíso; pero todas estas alegrías, e incluso esta pureza, se ven menoscabadas sin cesar por infinitas aprensiones, precauciones a largo plazo que él sabe que debe tener en cuenta, según su deber, prevención de lo peor, pesimismo extremado, llamado vulgarmente previsión, etc. Si gobernar es prever, navegar es prever lo que hay que prever.

Todo esto es tan cierto, que los navegantes por placer no encuentran ninguna explicación a su pasión, así como tampoco ninguna legitimación; se encogen de hombros y dicen: “ Estoy intoxicado por el agua de mar “. Consideran su vicio como algo patológico. Cual morfinómanos, necesitan su dosis…

Jean Merrien, 1954.

 

martes, 19 de abril de 2016

Objetivo Leviatán

       John Milton escribio, “allí Leviatan, la mayor de las criaturas, en las profundidades como un extenso promontorio duerme o nada, y parece una isla en movimiento; y por sus agallas recoge, y al respirar expulsa, todo un océano”.       

      Con ese nombre, Leviatan, se le ha conocido desde tiempos inmemorables, en varios pasajes religiosos judios se le cataloga como monstruo marino, creado en el quinto día de la creación y en el cristianismo se le asocia con Satanás. El caso es que durante mucho tiempo han sido, las ballenas, perseguidas, cazadas, diezmadas hasta casi su extinción.

     Observar un gran animal en su medio es sin duda uno de lo mejores espectáculos que nos ofrece la naturaleza. Las ballenas son los últimos de semejante tamaño que existen en nuestro planeta, por desgracia algunos paises parecen estar empeñados en acabar con ellos… Cada vez que salgo a navegar no puedo evitar pensar en un avistamiento, es lo que más ilusión me hace. Hasta la fecha mis encuentros no han pasado de los delfines y recientemente una pareja de calderones. Hace unos años, en la isla de La Gomera, pudimos disfrutar de un encuentro con dos cachalotes, imposible olvidar sus colas sumergiéndose ante nosotros.

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        Por aquellas latitudes es bastante más fácil observarlos que frente a nuestras costas, pero aquí haberlos haylos, vaya que sí. De vez en cuando aparece alguna noticia al respecto en los periódicos, el año pasado una yubarta o ballena jorobada se estuvo paseando frente a nuestro pueblo dando algunos saltos espectaculares.

Ballena jorobada o yubarta

         A unas 15 millas al norte del Cabo de Higuer se situa un gran cañon submarino conocido como La Fosa de Capbreton, son aguas muy profundas en las que existen corrientes ascendentes cargadas de nutrientes, algo que en la época de Mayo a Septiembre ayuda al encuentro con grandes animales.

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      Este verano volveremos a ser un poco piratas y nos acercaremos hasta allí, la esperanza de tener un encuentro con algún gran mamífero es cada día más fuerte, mientras navego oteo siempre el horizonte buscando el soplido característico de esos animales. Este pasado fin de semana no tuve que irme tan lejos para ver cetáceos, tan solo a media milla de distancia de la costa pude disfrutar con dos calderones jóvenes, fueron solo un par de minutos hasta que se percataron de mi presencia, luego, se sumergieron y no volví a verlos.

 

Hay dos libros que tratan extensamente sobre el tema, uno, Leviatán o la ballena y dos, Chimán. El primero lo he adquido recientemente y su lectura se adivina adictiva…

domingo, 31 de enero de 2016

Un huerto con olor a mar

        

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         Sin buscarlo ni perseguirlo, ha sido él quien ha venido a nosotros. La suerte y alguna carambola han querido que un pequeño y olvidado huerto, vaya a llenar de ahora en adelante muchas ratos tras acabar el trabajo diario. Será una buena alternativa a los días de mala mar.

          Nunca hemos tenido nada parecido, asi que toca volver a aprender, no sabemos nada de plantar, de regar, de recoger frutos y verduras, pero bueno, que importa no saber. ¿ Acaso sabíamos algo antes, antes de navegar, antes de bucear, antes de ser cuatro en casa ? No cabe ninguna duda de que la vida es un aprendizaje continuo, y más vale que sea así, que aburrida es la monotonía…

        Cuando nos enseñaron por primera vez el lugar, nuestra reacción fue la de unos ilusionados novatos a los que la visión de un arduo trabajo no les asusta, al contrario, les motiva. El terreno era un completo vergel, aunque ya fue huerto hace años, el fallecimiento de la persona responsable de su cuidado hizo que el abandono facilitase el crecimiento de espinos, zarzas, malas hierbas y el lugar fuera olvidado como se olvida un antiguo barco en un varadero, dejándolo morir poco a poco. Pero hasta el más desvencijado de los barcos puede ser recuperado y volver a navegar, con este huerto está pasando igual.

         Su entrada, guardada por una  vieja verja, estaba colapsada por una maraña de plantas invasoras, zarzas y gran número de ramas que colgaban de un melocotonero situado cerca de la puerta. Unas escaleras ocultas por barro y hierbajos marcaban el camino de entrada, pero tan solo era posible descender por ellas 4 ó 5 escalones antes de toparnos con la vegetación.

       Nos abrimos paso como pudimos intentando llegar hacia el fondo del terreno, pero fue imposible pasar de la mitad. Entonces algo nos llamó la atención, un embriagador olor a azahar llegaba a nuestras pituitarias, y como no, ¡ allí estaba, un precioso mandarino repleto de frutos !

Una imagen de la entrada con las escaleras ya liberadas de zarzas y grandes ortigas. Aún nos quedaba mucho por limpiar.

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Una vista de la entrada con el viejo melocotonero, hay un deposito para recoger el agua de lluvia.

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El mandarino citado.

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         Para limpiar todo aquello nos hicimos con unos cuantos aperos para trabajar la tierra, una azada y una azadilla, un rastrillo, tijeras de podar y una cizalla para cortar las ramas más gruesas. Poco a poco, cortando, apartando y amontonando ramas llenas de espinas, grandes ortigas y otra vegetación invasora, fuimos abriéndonos paso hacia el interior. Una vez cortado todo lo que nos impedía entrar, tocaba sacar las raíces de toda esas plantas invasoras.

El terreno una vez limpio de toda la vegetación invasora…

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        Hecho esto, me dirigí al caserío de un amigo que me iba a dar los kg de abono natural, estiércol ( simaurra o simorra se le llama por aquí ), que necesitará. Le dimos la vuelta a unos 60 m2 de tierra con azadas, parcelamos el terreno según lo que tenemos previsto plantar, esparcimos el estiércol y ayer plantamos nuestras primeras cebollas, ajos, y algunas plantas aromáticas que utilizaremos en la cocina. 

Parte de las 200 cebollas que hemos plantado

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La primera fila lista para ser cubierta de tierra

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El trabajo terminado

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         Pronto empezaremos a poner lechugas, puerros, tomates y alguna otra hortaliza, de esa forma ganaremos terreno a nuestro proyecto de cocina de km 0. Dentro de unos meses haremos nuestra primera recogida de frutos de nuestra propia huerta, será un bonito momento. La calidad de la tierra ya nos la han mirado y parece ser que es de buena calidad, el anterior dueño se ocupó de que estuviera bien abonada. Quien sabe, tal vez aprendamos un día también a pescar desde el barco y entonces seremos un poco más autónomos.

       Va ser nuestro huerto con olor a mar, enfrente tenemos la bahía de Txingudi. Un lugar, que si cuidamos de él, seguro que sabrá correspondernos. No somos precisamente unos expertos en la materia, pero ahí, la figura de mi suegro Ernesto será fundamental, él sí es un hombre acostumbrado a trabajar la tierra, sus consejos serán fundamentales.

      El hueco que ocupa el mandarino servirá para recordar al Mediterráneo, unas plantas de albahaca no faltarán. Nuestra intención es acondicionar bien todo el terreno y tener allí un sito reservado para poder comer con amigos y familiares rodeados de nuestras plantas. Aún queda por hacer, tenemos que vaciar el lugar de todo lo que hemos cortado y arrancado, pero poco a poco el huerto va cogiendo forma y de aquella selva que encontramos al llegar ya no queda nada, lo más duro está hecho, ahora toca ponerlo bonito y cuidarlo.

A la izda contra la pared se puede ver el espacio dedicado a las aromáticas y los ajos.

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