domingo, 14 de agosto de 2016

Compartir, siempre compartir…

        A menudo compartimos objetos, yo comparto momentos, sensaciones, como decía un amigo mío, “sensaciones acojonantes”…

       Comparto con amigos alrededor de una mesa, en la montaña y ahora comparto en la mar, navegar y bucear me ha permitido además compartir con mi mujer, algo que no sucedía en los senderos, tal vez esa sea la razón por la que pasamos cada vez más horas a bordo…

 

         En la bocana del canal de Sta Engracia un suave viento del N nos recibe,

         dejamos por babor las señalizaciones que delimitan aguas poco profundas 

         y encaramos la salida al mundo de las sirenas…

        La mar de fondo del NW apenas se deja notar, no hay olas viajeras

       que llegan a nuestra costa desde cientos de millas más al norte.  

       En la desembocadura del Bidasoa, la pequeña ola formada por el viento choca

       con la corriente vaciante del río desordenando la superficie. 

       Hacemos dos bordos para escapar de la bahía orientada al Norte,

       el primero amurados a babor, proa al castillo de Abadie,

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        el segundo, amurados a estribor, proa al Cabo de Higuer.

       Por estribor quedan  Las Erretas, unas rocas que en las bajamares fuertes

      asoman por encima de la superficie, pero que hoy, las muy jodidas, no se dejan ver,

      no sería el primer barco que se va a pique ahí.

     Navegamos a rumbo directo con viento casi de través, las velas portan elegantes

     el viento que sopla constante, de vez en cuando la regala se acerca al agua

     en alguna racha, nos divertimos.

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     En aguas de Iparralde el castillo de Sokoa nos da la bienvenida a su bahía,

     cruzamos con las velas arriba las murallas que dan paso a la ensenada y buscamos

     abrigo dentro de la bahía fondeados frente al castillo.

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     Nos bañamos, comemos, charlamos, compartimos… Bajo el casco de Siracusa

     pasan a menudo bancos de alevines, suben hasta la superficie pero se sumergen enseguida

     asustados por los vuelos rasantes de las gaviotas.

    No tarda en aparecer otro depredador, un arrantzale larga una red de fondo

    desde su embarcación, esta noche el arte de pesca hará su trabajo y mañana, el pescado

   atrapado en la malla, podrá venderlo en la pequeña lonja del puerto de Ciboure.

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     El sol está cayendo, sus rayos ya no queman y prolongamos olvidados del reloj nuestro fondeo en Sokoa.

     Mientras, charlamos, recordamos a amigos, hablamos de montañas, de islas, de proyectos,

     de un futuro  que ya no se ve tan lejos, de lugares increibles…

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    El sol se esconde tras la muralla, es el momento de partir, disfrutaremos

    del último aliento del sol en mar abierto. Largamos la estacha que nos mantenía

    sujetos a la boya y con el motor a bajas revoluciones nos dirigimos a la salida de

    la rada. Un pescador, apostado bajo el dique, disfruta de su soledad mientras

    tienta la caña.

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   La brisa ha calmado un poco pero aún sopla lo suficiente para navegar a vela.

   Izamos la mayor, enseñamos toda la génova al viento  y este las pone a trabajar, la proa

   de Siracusa apunta al islote de Amuitz postrado bajo el faro de Higer.

   Intento impregnarme de la inmensa paz que disfrutamos en estos momentos,

   solo percibimos el sonido del barco abriéndose paso en la mar.

  Mis amigos se colocan en proa y mi mujer y yo nos quedamos en popa,

   es entonces cuando te sientes pleno de vida, una mano en el timón y la mirada

   perdida en el horizonte, linea que poco a poco, con la llegada de la noche,

   se va escapando de nuestros ojos.

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   Las luces de la costa ya brillan, el faro de Higer luce su candela

   y las primeras estrellas aparecen sobre nosotros.

  No tardamos en reconocer la Osa Mayor, cae la noche y el viento no cesa,

  nos llega del NNW cuando nos situamos frente a Las Gemelas y ante

  nosotros se abre la bahía de Txingudi. Reconocer las luces que marcan la entrada

  entre los espigones de Hondarribia y Hendaia no es sencillo, el viento va menguando

  su soplido según nos adentramos en la bahía, avanzamos despacio, sin prisas,

   algunas pequeñas embarcaciones están fondeadas pescando en la oscuridad.

   Es una noche de verano, templada, negra y ahora ya, sin viento…

   Frente a la playa decidimos arriar velas, Eolo se ha ido a dormir

  y nos ha abandonado. Despacio, para no molestar a la noche con el ruido del motor,

  navegamos por el Bidasoa hasta llegar a nuestro pequeño puerto. Con Siracusa

  ya amarrado y arranchado nos despedimos de nuestros amigos.

   Han sido unas horas que ojalá hubiesen sido más, interminables mejor, compartiendo

   con amigos sensaciones acojonantes.

 

           Navegamos al viento, como se lleva haciendo siglos, quizás sabernos herederos de aquellos

   fenicios, dueños del Mare Nostrum, sea la causa de nuestras sensaciones,

   sensaciones que desalojan de nuestros cuerpos tensiones, apatías, y nos inundan de

   imaginación, esperanza y fortaleza.

        Como bien dice mi amigo Paco, “buscamos conocer lo que desconocemos, es el espíritu que nos hace ir siempre más alla, hacia lo ignoto y desconocido”.

           Y es ahora, después de estos años aprendiendo a navegar, cuando me siento enorme

   pero diminuto a la vez, tengo a mi familia más cerca que nunca de mí, mis hijas, mi mujer,

   mis padres y hermano, todos ellos van tomando su posición en el mundo y siento que yo me voy

   acercando a la mía.

 

     

miércoles, 13 de julio de 2016

La última dosis de Mediterráneo

            Hace ya unos cuantos años, 16 para ser exactos, que comenzamos una intensa relación con el Mediterráneo, concretamente en la Costa Brava. Las islas Medas fueron las testigos de nuestras primeras inmersiones, allí comenzó el flechazo. Desde Blanes hasta más allá del Cabo de Creus hemos ido visitando lugares que nos han cautivado y conseguido que, con un imán a un trozo de hierro, nos hayan atraído constantemente.

        No tardamos en ser dos más en casa, nuestra pasión por ese trozo del Mare Nostrum comenzamos a transmitírsela a nuestras hijas y no nos costó encontrar lugares que engancharon también a ellas.

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        En el 2.009 visitamos Calella de Palafrugell, desde entonces establecimos allí nuestro “campo base” en las vacaciones. Así, comenzamos a visitar con nuestras hijas los pueblos, calas y rincones de esa costa embrujadora.

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      Hemos intentado durante estos años impregnarnos de la cultura de aquella tierra, ser mediterráneos, como ya he dicho en alguna ocasión.

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     Poco a poco hemos aprendido lo que hemos podido, su clima, sus vientos, su idioma, su gastronomía han calado en nosotros como no podía ser de otro modo.

      Pero nuestras hijas han ido creciendo y la Costa Brava ya forma parte de una etapa de su vida. Seguro que mañana la recordarán con agrado, los recuerdos se amontonarán en su memoria y probablemente algún día vuelven a ella. Allí han disfrutado como lo haría cualquiere crío, no olvidarán las calas escondidas, sus fondos transparentes, incluso alguna cueva en la costa donde entramos a una inquietante oscuridad. La visita bajo el agua a algún pulpo en su guarida, coleccionar orejas de mar, recojer los caparazones de erizos han sido diversiones constantes.

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      Hemos podido disfrutar de paisajes inolvidables, de amaneceres y atardeceres únicos y de una luz como no hemos encontrado en ningún lugar.

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      Pero todo lo que empieza, acaba, nuestras hijas ya tienen una edad que pide más, saben mejor que nadie que hay más lugares para descubrir y además pronto lo querran hacer sin nosotros. Este año hemos vuelto a la Costa Brava, a Calella de Palafrugell, lo hemos hecho sabiendo que iba a ser la última visita de un ciclo. Nosotros, mi mujer y yo, volveremos algún día tal vez para algo más que unas vacaciones, Calella de Palafrugell, Llafranc, Port de la Selva, Cala Sa Tuna, Tamariu, Begur, Port Lligat, Cadaqués y otros muchos más nombres han quedado para siempre acomodados en nuestra memoria.

       El último día de nuestra visita de este año quiso venir a despedirse un viento muy característico de aquella tierra, el Mistral, amanecía en la Costa Brava y ya se dejaban ver unos cuantos veleros disfrutando del viento. Fue como si el viento nos estuviese diciendo, “mirar lo que os perdéis”…

      Nos despedimos dando un paseo a primera hora hasta Llafranc aprovechando la pista que recorre el litoral, es un paseo corto, apenas 20 minutos separan los dos pueblos, pero que nos ha servido muchas mañanas para despertarnos mientras mirábamos al Mediterráneo.

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        Despedirse de un lugar así no es sencillo, allí hemos visto crecer y evolucionar a nuestras hijas y hemos disfrutado muchísimo. Nos hemos dado cuenta que no somos los únicos enganchados a todo aquello, durante estos años hemos coincidido con otras gentes que, como nosotros, volvía allí como si de un ritual se tratara.

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     Hoy, ya de vuelta en casa, solo hemos podido hacer una cosa para intentar mitigar nuestra melancolía, navegar e imaginar que lo hacíamos frente a la Costa Brava…

jueves, 23 de junio de 2016

Solo mar y viento

 

Entonces, ¿ por qué zarpamos ?

En primer lugar, ¡ porque nos gusta navegar ¡

El navegante de recreo es un ser muy original que paga muy caro, en dinero y preocupaciones, el placer de balancearse sobre el mar. Pues no solo se balancea, sino que sufre incesantemente: por su barco, por sus compañeros, por el mismo; por su honor, que considerará perdido si se atolondra, si realiza una falsa maniobra e incluso si no sabe sacar el mejor partido posible (en el que la voz “mejor” se halla determinada por un evangelio misterioso y arcano) del tiempo que encuentra. Momentos hay en que se halla colmado de felicidad, belleza e incluso dulzores; otras veces lo estará de pureza, exterior e interior, y es tal vez aquí donde se encuentra la pequeña llave de oro de su paraíso; pero todas estas alegrías, e incluso esta pureza, se ven menoscabadas sin cesar por infinitas aprensiones, precauciones a largo plazo que él sabe que debe tener en cuenta, según su deber, prevención de lo peor, pesimismo extremado, llamado vulgarmente previsión, etc. Si gobernar es prever, navegar es prever lo que hay que prever.

Todo esto es tan cierto, que los navegantes por placer no encuentran ninguna explicación a su pasión, así como tampoco ninguna legitimación; se encogen de hombros y dicen: “ Estoy intoxicado por el agua de mar “. Consideran su vicio como algo patológico. Cual morfinómanos, necesitan su dosis…

Jean Merrien, 1954.

 

martes, 19 de abril de 2016

Objetivo Leviatán

       John Milton escribio, “allí Leviatan, la mayor de las criaturas, en las profundidades como un extenso promontorio duerme o nada, y parece una isla en movimiento; y por sus agallas recoge, y al respirar expulsa, todo un océano”.       

      Con ese nombre, Leviatan, se le ha conocido desde tiempos inmemorables, en varios pasajes religiosos judios se le cataloga como monstruo marino, creado en el quinto día de la creación y en el cristianismo se le asocia con Satanás. El caso es que durante mucho tiempo han sido, las ballenas, perseguidas, cazadas, diezmadas hasta casi su extinción.

     Observar un gran animal en su medio es sin duda uno de lo mejores espectáculos que nos ofrece la naturaleza. Las ballenas son los últimos de semejante tamaño que existen en nuestro planeta, por desgracia algunos paises parecen estar empeñados en acabar con ellos… Cada vez que salgo a navegar no puedo evitar pensar en un avistamiento, es lo que más ilusión me hace. Hasta la fecha mis encuentros no han pasado de los delfines y recientemente una pareja de calderones. Hace unos años, en la isla de La Gomera, pudimos disfrutar de un encuentro con dos cachalotes, imposible olvidar sus colas sumergiéndose ante nosotros.

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        Por aquellas latitudes es bastante más fácil observarlos que frente a nuestras costas, pero aquí haberlos haylos, vaya que sí. De vez en cuando aparece alguna noticia al respecto en los periódicos, el año pasado una yubarta o ballena jorobada se estuvo paseando frente a nuestro pueblo dando algunos saltos espectaculares.

Ballena jorobada o yubarta

         A unas 15 millas al norte del Cabo de Higuer se situa un gran cañon submarino conocido como La Fosa de Capbreton, son aguas muy profundas en las que existen corrientes ascendentes cargadas de nutrientes, algo que en la época de Mayo a Septiembre ayuda al encuentro con grandes animales.

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      Este verano volveremos a ser un poco piratas y nos acercaremos hasta allí, la esperanza de tener un encuentro con algún gran mamífero es cada día más fuerte, mientras navego oteo siempre el horizonte buscando el soplido característico de esos animales. Este pasado fin de semana no tuve que irme tan lejos para ver cetáceos, tan solo a media milla de distancia de la costa pude disfrutar con dos calderones jóvenes, fueron solo un par de minutos hasta que se percataron de mi presencia, luego, se sumergieron y no volví a verlos.

 

Hay dos libros que tratan extensamente sobre el tema, uno, Leviatán o la ballena y dos, Chimán. El primero lo he adquido recientemente y su lectura se adivina adictiva…

domingo, 31 de enero de 2016

Un huerto con olor a mar

        

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         Sin buscarlo ni perseguirlo, ha sido él quien ha venido a nosotros. La suerte y alguna carambola han querido que un pequeño y olvidado huerto, vaya a llenar de ahora en adelante muchas ratos tras acabar el trabajo diario. Será una buena alternativa a los días de mala mar.

          Nunca hemos tenido nada parecido, asi que toca volver a aprender, no sabemos nada de plantar, de regar, de recoger frutos y verduras, pero bueno, que importa no saber. ¿ Acaso sabíamos algo antes, antes de navegar, antes de bucear, antes de ser cuatro en casa ? No cabe ninguna duda de que la vida es un aprendizaje continuo, y más vale que sea así, que aburrida es la monotonía…

        Cuando nos enseñaron por primera vez el lugar, nuestra reacción fue la de unos ilusionados novatos a los que la visión de un arduo trabajo no les asusta, al contrario, les motiva. El terreno era un completo vergel, aunque ya fue huerto hace años, el fallecimiento de la persona responsable de su cuidado hizo que el abandono facilitase el crecimiento de espinos, zarzas, malas hierbas y el lugar fuera olvidado como se olvida un antiguo barco en un varadero, dejándolo morir poco a poco. Pero hasta el más desvencijado de los barcos puede ser recuperado y volver a navegar, con este huerto está pasando igual.

         Su entrada, guardada por una  vieja verja, estaba colapsada por una maraña de plantas invasoras, zarzas y gran número de ramas que colgaban de un melocotonero situado cerca de la puerta. Unas escaleras ocultas por barro y hierbajos marcaban el camino de entrada, pero tan solo era posible descender por ellas 4 ó 5 escalones antes de toparnos con la vegetación.

       Nos abrimos paso como pudimos intentando llegar hacia el fondo del terreno, pero fue imposible pasar de la mitad. Entonces algo nos llamó la atención, un embriagador olor a azahar llegaba a nuestras pituitarias, y como no, ¡ allí estaba, un precioso mandarino repleto de frutos !

Una imagen de la entrada con las escaleras ya liberadas de zarzas y grandes ortigas. Aún nos quedaba mucho por limpiar.

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Una vista de la entrada con el viejo melocotonero, hay un deposito para recoger el agua de lluvia.

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El mandarino citado.

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         Para limpiar todo aquello nos hicimos con unos cuantos aperos para trabajar la tierra, una azada y una azadilla, un rastrillo, tijeras de podar y una cizalla para cortar las ramas más gruesas. Poco a poco, cortando, apartando y amontonando ramas llenas de espinas, grandes ortigas y otra vegetación invasora, fuimos abriéndonos paso hacia el interior. Una vez cortado todo lo que nos impedía entrar, tocaba sacar las raíces de toda esas plantas invasoras.

El terreno una vez limpio de toda la vegetación invasora…

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        Hecho esto, me dirigí al caserío de un amigo que me iba a dar los kg de abono natural, estiércol ( simaurra o simorra se le llama por aquí ), que necesitará. Le dimos la vuelta a unos 60 m2 de tierra con azadas, parcelamos el terreno según lo que tenemos previsto plantar, esparcimos el estiércol y ayer plantamos nuestras primeras cebollas, ajos, y algunas plantas aromáticas que utilizaremos en la cocina. 

Parte de las 200 cebollas que hemos plantado

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La primera fila lista para ser cubierta de tierra

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El trabajo terminado

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         Pronto empezaremos a poner lechugas, puerros, tomates y alguna otra hortaliza, de esa forma ganaremos terreno a nuestro proyecto de cocina de km 0. Dentro de unos meses haremos nuestra primera recogida de frutos de nuestra propia huerta, será un bonito momento. La calidad de la tierra ya nos la han mirado y parece ser que es de buena calidad, el anterior dueño se ocupó de que estuviera bien abonada. Quien sabe, tal vez aprendamos un día también a pescar desde el barco y entonces seremos un poco más autónomos.

       Va ser nuestro huerto con olor a mar, enfrente tenemos la bahía de Txingudi. Un lugar, que si cuidamos de él, seguro que sabrá correspondernos. No somos precisamente unos expertos en la materia, pero ahí, la figura de mi suegro Ernesto será fundamental, él sí es un hombre acostumbrado a trabajar la tierra, sus consejos serán fundamentales.

      El hueco que ocupa el mandarino servirá para recordar al Mediterráneo, unas plantas de albahaca no faltarán. Nuestra intención es acondicionar bien todo el terreno y tener allí un sito reservado para poder comer con amigos y familiares rodeados de nuestras plantas. Aún queda por hacer, tenemos que vaciar el lugar de todo lo que hemos cortado y arrancado, pero poco a poco el huerto va cogiendo forma y de aquella selva que encontramos al llegar ya no queda nada, lo más duro está hecho, ahora toca ponerlo bonito y cuidarlo.

A la izda contra la pared se puede ver el espacio dedicado a las aromáticas y los ajos.

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martes, 10 de noviembre de 2015

Los caprichos del viento en la costa.

       Este pasado sábado navegué aprovechando la bonanza en el tiempo que estamos disfrutando, fue como un caluroso día de verano.

        Según el pronóstico dado por Euskalmet por fin nos dejaba el viento sur que nos ha acompañado en las últimas semanas, las temperaturas serían altas excepto en la línea costera donde era muy probable la aparición de la brisa marina, esta ayudaría a contener el mercurio en los termómetros.

       Mi intención era salir al alba antes de que lo hiciera el sol, así que con los últimos tintineos de algunas estrellas abandonaba el pantalán dispuesto a disfrutar de una buena mañana navegando.

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        Los catavientos de la pista del aeropuerto, que están junto a los amarres, me indican que está soplando una brisa muy suave del SW, hay que aprovechar el momento, cuando sopla del sur se puede salir a vela cómodamente por el río Bidasoa. Antes de llegar a la desembocadura me decido a izar la mayor y sacar la génova, la superficie del agua está tranquila como pocas veces. Tengo todo a favor, la corriente del río, la marea vaciante, el viento, con todos esos ingredientes salgo enseguida a la mar. La bahía la encuentro sumida en una increíble tranquilidad, tan solo se escucha a lo lejos el charloteo de un bote a otro de algunos de los numerosos pescadores que están intentando aprovechar estas horas del amanecer en la bahía.

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        El viento apenas varía su intensidad y dirección y la temperatura me resulta sumamente agradable, estar a las 8 de la mañana de un día de Noviembre en manga corta nos es precisamente muy habitual. La brisa es realmente suave, le calculo tan solo F-1, pero la ausencia total de cualquier perturbación en la superficie hace que el velero avance a casi 3 nudos. Avanzo en silencio entre las barquitas de los pescadores, nos saludamos, creo que me miran un tanto extrañados, no suele ser costumbre que salgan tan pronto veleros a navegar. Esta brisa terral es una gozada, el sol ya se ha levantado y comienza a teñir de naranja las velas y el casco de Siracusa, es un momento precioso.

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       Pero precisamente, la salida del sol y la elevación de la temperatura, hace que la brisa terral comience a desaparecer, es parte del ciclo de los vientos costeros.

La capacidad del mar para absortar y guardar la energía es enorme. Eso es debido a dos factores:

1. La transparencia del agua permite a los rayos del sol penetrar muy profundo.

2. La turbulencia constante del viento y tiempo mezcla continuamente el agua, distribuyendo el calor sobre grandes volúmenes que requieren de más calor para subir la temperatura.

       En contraste al océano, los rayos del sol no penetran muy profundo en el terreno, tan solo unos centímetros son afectados. Por consiguiente, mientras el terreno se calienta mucho más rápido que el océano, el terreno pierde el calor a la misma velocidad por noche.

   Intentaré explicar los ciclos de estos vientos costeros:

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        El ciclo diario del calentamiento y enfriamiento de la superficie terrestre tiene notables efectos en el tiempo atmosférico. Cuando la superficie se calienta se forman corrientes ascendentes de aire caliente.

       La brisa marina, llamada también virazón, se forma debido a que durante las horas de sol la superficie de la tierra se calienta antes y más que la superficie del mar. La diferencia de temperatura entre estas dos masas de aire hace que en un día soleado la tierra se caliente más que el océano causando una pequeña zona de baja presión. El aire asciende a medida que la tierra lo va calentando (hasta los 1.000 o 1.500 m) y el aire más frío, situado sobre la superficie del mar, forma una zona de alta presión que hace que esta masa de aire tienda a llenar el espacio que ha dejado el aire más cálido que ha ascendido sobre la tierra. No hay que olvidar que la masa de aire de una alta presión sobre el océano, tiende siempre a desplazarse hacia la zona de baja presión situada sobre la tierra.

       Las mejores brisas aparecen en primavera y en verano porque durante la primavera la temperatura del agua aún está fría y durante el verano el sol produce altas temperaturas sobre la tierra. Cuanto mayor sea el diferencia de temperatura entre la tierra y el mar, mayor será la fuerza del viento que se genere.

       La brisa marina sopla perpendicularmente hacia la costa y puede llegar a alcanzar las 20 millas de distancia mar adentro. La fuerza máxima de la brisa se alcanza después del mediodía (momento más caluroso) y aunque en ocasiones, y según la orografía de cada zona, se puedan llegar a alcanzar los 20 ó 25 nudos de viento, por lo general, suelen ser vientos mucho más ligeros.

      La convección producida por el aumento de temperatura sobre la tierra y la fuerte humedad que trae el aire del océano forman nubes de desarrollo vertical (cúmulos o cumulonimbos) que pueden llegar a producir fuertes tormentas eléctricas y grandes precipitaciones.

       Todo este ciclo de vientos, presiones, etc, pude disfrutarlo el sábado, fue una clase de meteorología in situ, una forma de aprender muy entretenida. Pude grabar unos minutos de vídeo donde se aprecia todo lo explicado anteriormente, la suave brisa terral del amanecer, la calma chicha mientras las presiones de aire comienzan a diferenciarse en tierra firme y mar, y la aparición de una generosa brisa marina que llegó a eso de las 10 h y que se mantuvo hasta que el sol comenzó a perder fuerza. A eso de las 17 h dimos un paseo por los espigones de la desembocadura del Bidasoa y para entonces ya pudimos comprobar como el viento, la brisa marina, había desaparecido casi por completo, los veleros regresaban a palo seco, la tierra ya estaba enfriándose.

 

         Otra experiencia que pude comprobar fue la de las turbulencias y aceleraciones del aire en ciertos lugares. Como ya he explicado, la brisa marina sopla perpendicularmente de mar a tierra, y el límite costero que trazan las laderas del monte Jaizkibel dibujan sobre un mapa una línea que va del SW al NE, esta es la razón por la que la brisa marina aquí nos llega del NW, perpendicular a dicha línea costera, en el mapa de abajo se entiende todo esto mejor. El caso es que cuando la brisa sopla con una intensidad notable, esta, al llegar a la muralla que forma el monte Jaizkibel, tiende a sobrepasar dichas laderas por diferentes lugares. Parte de ese viento busca salida lateralmente pero otra parte de ese viento se eleva por la ladera, sobrepasa el monte y cae a la otra vertiente. En ese descenso se forman turbulencias impredecibles y además se acelera, esa aceleración la sufrí yo al llegar frente a la entrada del Bidasoa, rachas de F-5 ( entre 17 y 21 nudos ), una fuerza ya considerable para un velerito de 6 metros, me hicieron escorar bruscamente y tuve que recoger rápidamente el génova. Fue curioso ver como según entraba a la bahía y el monte Jaizkibel, que lo tenía a barlovento, iba ganando altura, esta ganancia de altura fue proporcional a la aceleración del viento que sufrí, a mayor altura de la ladera más aceleraba el viento.

      Al final aguanté solo con la vela mayor, pude buscar abrigo junto al espigón que delimita el río y que tenía a estribor, una vez tranquilizada la situación pude aproarme al viento tranquilamente y bajar la mayor.

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domingo, 18 de octubre de 2015

Otoño, la estación de las setas. Una sencilla receta.

         En esta ocasión no voy a escribir sobre la mar, la vela o la montaña, tocaré un tema del que soy un simple aficionado, pero del que mi madre, que fue cocinera, me ha trasladado muchos conocimientos y con el que disfruto a menudo. 

      Estamos en pleno otoño, la estación del año en la que más setas salen en nuestros bosques. Es unos años la afición de recolectar diferentes especies ha aumentado considerablemente, es raro caminar en esta época por un bosque y no encontrarse con alguien que porte una cesta.

       Este año las condiciones meteorológicas están siendo muy benévolas, de momento hay ausencia de heladas, las temperaturas son bastante suaves y de vez en cuando aparece algún día que llueve algo. Con todos estos ingredientes, nuestros bosques nos están invitando a darnos paseos cesta en mano y ojo avizor…

      Por suerte la mayoría de las personas que van a recoger setas se dedican a recolectar solo unos pocas especies y la que gana por goleada es el hongo ( Boletus ). No vamos a negar que están riquísimos, pero no son la única especie que merece recogerse y cocinarse, hay muchas otras especies que son un verdadero manjar.

       Hace unas semanas nos fuimos a unos bosques de robles y hayas y allí pudimos encontrar algunos Boletus.

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Pero no fueron la única especie que vimos, una gran cantidad de “zizas ori” ( Cantharellus Cibarius ), conocidas también como rebozuelos, aparecieron en aquel bosque.

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         Pero lo mejor de todo fue el hallazgo de unos cuantos ejemplares de Amanita Caesarea, la considerada como  la reina de las setas, por algo dicen que es la seta de los césares…

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        La falta de conocimiento de estas setas por parte de muchas personas hace que aún se puedan encontrar otras especies diferentes de los apreciados Boletus. La última especie de la que hemos disfrutado en casa ha sido la conocida como “Trompeta de la muerte” ( Craterellus Cornucopioides ). Ya sé que su nombre no invita a disfrutarlas, pero son unas setas riquísimas, tienen un un sabor intenso que puede combinar a la perfección con una carne guisada, con arroz o con un plato de pasta. Esta es una buena época para recogerlas, crecen en bosques de hayas o robles y principalmente en zonas un tanto húmedas. Es un claro ejemplo de como una seta con aspecto no muy atractivo suele ser dejada sin recoger en los bosques.

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         Hoy, como he dicho, hemos cocinado unas cuantas Trompetas de la muerte, ha sido una receta sencilla, pero con un sabor muy intenso. Dejo un pequeño vídeo de la receta puesta hoy en práctica.

domingo, 11 de octubre de 2015

Un antiguo puerto romano

           Que los romanos camparon a sus anchas en la zona del Bidasoa-Jaizkibel no es ningún secreto, existen multitud de vestigios y se han recogido gran cantidad de restos que así lo demuestran. La desembocadura del Bidasoa fue un lugar estratégico para las legiones romanas. Irún y la zona de Hondarribia cuentan con varios puntos donde ha quedado demostrada la existencia de diferentes puertos y abrigos donde las naves romanas llegaron. Muy cerca del Cabo de Higuer está la conocida Cala de los Frailes, un lugar muy protegido de los golpes de la mar donde se han recogido de sus fondos muchos restos de aquella época.
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         Pero si rodeamos el Cabo de Higer y continuamos su costa hacia el oeste, a una milla y media de dicho cabo llegaremos a una escondida y protegida y ensenada conocida con varios nombres. Comúnmente se la conoce como “El Molino”, pero si se busca un poco en los mapas veremos que tiene otros dos nombres, uno de ellos muy oído, Cala de Artzu, el otro es Porto Moko. Yo he de confesar que este último nombre no lo había escuchado nunca hasta que me he puesto a rebuscar un poco.
        Ayer salimos a navegar por la mañana y ya que hasta mediodía no anunciaban la llegada de viento decidimos dedicar el tiempo a visitar la mencionada cala. A pesar de no existir apenas viento, una mar de fondo de casi metro y medio hacia que algunas olas rompieran en la costa con cierta brusquedad, ello hacía que dudásemos de nuestras posibilidades de poder entrar en la cala.
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          Yo ya conocía la cala de haber pasado junto a ella en algún paseo, hay que recordar que en el litoral del monte Jaizkibel existe un sendero que lo recorre de punta a punta y por él se pasa junto a varias calas, una de ellas Porto Moko. La cala tiene una entrada ancha, unos 100 metros, pero enseguida se reduce a menos de la mitad.
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Porto Moko en bajamar
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        No obstante, la entrada es segura, no hay rocas ocultas bajo la superficie que dificulten el paso, y una vez dentro de ella estaremos totalmente protegidos de la mar de fondo que suele llegar del NW ya que esta orientada hacia el NE.
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       Ahora bien, la cala, dadas sus dimensiones, no es recomendable para grandes embarcaciones con un calado generoso. Ayer, nosotros entramos a media marea y no llegamos hasta el final de la cala, nuestro velero cala 1’2 metros y el ancla lo echamos en un fondo de pequeñas rocas con unos 3 ó 4 metros de agua. Pensamos que lo ideal sería entrar los días que exista menos de un metro de mar de fondo y fondear con dos anclas, una por proa y la otra por popa, evitando así los borneos. Es fácil encontrar aguas limpias en la cala pudiendo disfrutar de tranquilos baños y buceos.
      El nombre de la “Cala del Molino” le viene dado por la existencia cerca de la orilla del fondo de los restos de un antiguo molino, dicho molino aprovechaba en otros tiempos la fuerza del arroyo Erramudi para moler maíz y trigo.
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Este será posiblemente un destino para el siguiente verano, pasar noche fondeados con una predicción de tiempo asegurada será una bonita experiencia. Es fácil bajar a tierra con una pequeña embarcación inflable…